Pedimos algo mucho más sencillo: poder pagarlos sin tener que elegir qué necesidad de nuestra familia dejamos de cubrir.
En los últimos meses vimos cómo cada gasto cotidiano fue aumentando. Alimentos, medicamentos, transporte, tratamientos, impuestos, servicios. Pero la situación de las boletas de electricidad de EDET terminó siendo, para nuestra familia, la gota que rebalsó el vaso.
Cuando uno abre una factura y comienza a preguntarse de dónde va a sacar el dinero para pagarla, mientras piensa al mismo tiempo en la comida, en sus hijos, en los tratamientos, en los medicamentos y en todas las obligaciones de una casa, deja de tratarse solamente de números.
Empieza a afectar la vida.
El viernes pasado, toda esta angustia acumulada terminó de la peor manera: uno de nosotros sufrió una fuerte descompensación de presión y tuvo que permanecer varias horas en el hospital.
Hoy debe realizarse controles y estudios médicos porque aparecieron problemas de presión que antes no formaban parte de nuestra vida cotidiana.
Y entonces uno inevitablemente se pregunta:
¿Hasta dónde tiene que llegar una familia para que alguien la escuche?
Quienes toman decisiones quizás ven porcentajes, cuadros tarifarios, costos y números.
Nosotros vemos otra cosa.
Vemos una factura sobre la mesa y pensamos cómo pagarla.
Vemos el sueldo y hacemos cuentas una y otra vez.
Vemos a nuestros hijos y sabemos que hay cosas que simplemente no podemos dejar de pagar.
Y cuando en una familia hay además un niño con discapacidad, hay necesidades que no son un lujo ni pueden esperar hasta que la economía mejore.
Por eso esta carta no busca solamente contar nuestra situación.
Queremos pedirles a quienes gobiernan —a nivel nacional, provincial y también a quienes representan a nuestras comunidades— que miren lo que está pasando puertas adentro de las casas tucumanas.
Que se revise cada aumento. Que las tarifas sean transparentes. Que cualquier incremento tenga una explicación y una justificación comprensible. Que se contemplen los ingresos reales de las familias y, especialmente, las situaciones de mayor vulnerabilidad.
Porque gobernar también debería ser mirar a los ojos a la gente y preguntarse cuánto más puede soportar.
Detrás de cada factura hay una familia.
Hay jubilados.
Hay trabajadores.
Hay personas con discapacidad.
Hay padres y madres haciendo malabares.
Hay chicos que necesitan tratamientos, medicamentos, educación y alimentación.
No somos números en una estadística. Somos personas.
Quien escribe esto ni siquiera es una persona de edad avanzada. Somos una familia relativamente joven y trabajadora y, sin embargo, el nivel de preocupación económica ya comenzó a repercutir en nuestra salud.
Eso debería preocuparnos como sociedad.
No queremos privilegios.
Queremos justicia y razonabilidad.
Queremos pagar lo que corresponde, pero también queremos que aquello que se nos cobra sea justo, esté debidamente fundamentado y sea compatible con la realidad económica que vive la gente.
Trabajamos para vivir.
No podemos vivir solamente para pagar.
Y si nuestra familia llegó a esta situación, seguramente hoy hay cientos o miles de tucumanos atravesando en silencio algo parecido.
Por ellos también escribimos.
A EDET, a los organismos que deben controlar, y a quienes tienen responsabilidades de gobierno:
por favor, escuchen antes de que sea demasiado tarde para más familias.
Revisen. Controlen. Exijan explicaciones. Busquen soluciones.
Pero, sobre todo, recuerden para quiénes gobiernan.
Para la gente.
Para las familias.
Para ese pueblo que todos los meses trabaja, paga y hace enormes esfuerzos para seguir adelante.
No queremos que nos regalen nada.
Solo queremos poder vivir dignamente del fruto de nuestro trabajo.
Una familia tucumana que hoy elige preservar su identidad, pero que espera que su voz represente a muchas otras.
Si esta realidad también es la tuya, compartí esta carta. Que llegue hasta donde tenga que llegar.