La fiesta de san Esteban, el primer mártir de la Iglesia, nos sitúa en la luz espiritual del Nacimiento de Cristo. San Esteban, un joven "lleno de fe y de Espíritu Santo", como nos lo presentan los Hechos de los Apóstoles (Hch 6, 5), juntamente con otros seis fue ordenado diácono en la primera comunidad de Jerusalén y, a causa de su predicación ardiente y valiente, fue arrestado y lapidado. En el relato de su martirio hay un detalle que merece destacarse durante este Año paulino y es la anotación de que "los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo" (Hch 7, 58). Aquí aparece por primera vez san Pablo, con su nombre judío, Saulo, en calidad de celoso perseguidor de la Iglesia (cf. Flp 3, 6), pues entonces lo consideraba un deber y un motivo de orgullo. A posteriori, se podrá decir que precisamente el testimonio de san Esteban fue decisivo para su conversión. Veamos de qué manera.
Poco tiempo después del martirio de san Esteban, Saulo, impulsado por el celo contra los cristianos, se dirigió a Damasco para arrestar a los que pudiera encontrar allí. Y mientras se acercaba a la ciudad aconteció su deslumbramiento, la singular experiencia en la que Jesús resucitado se le apareció, le habló y le cambió la vida (cf. Hch 9, 1-9). Cuando Saulo, caído en tierra, escuchó una voz misteriosa que lo llamaba por su nombre y preguntó: "¿Quién eres, Señor?", escuchó como respuesta: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues" (Hch 9, 5).
Saulo perseguía a la Iglesia y había colaborado también en la lapidación de san Esteban; lo había visto morir a causa de los golpes de las piedras y sobre todo había visto el modo como san Esteban había muerto: en todo como Cristo, es decir, orando y perdonando a los que lo mataban (cf. Hch 7, 59-60). En el camino de Damasco Saulo comprendió que al perseguir a la Iglesia estaba persiguiendo a Jesús, muerto y verdaderamente resucitado; a Jesús que vivía en su Iglesia, que vivía también en san Esteban, a quien él había visto morir, pero que ciertamente ahora vivía juntamente con su Señor resucitado.
Podríamos decir que en la voz de Cristo percibió la de san Esteban y, también por su intercesión, la gracia divina le tocó el corazón. Así sucedió que la existencia de san Pablo cambió radicalmente. Desde ese momento Jesús fue su justicia, su santidad, su salvación (cf. 1 Co 1, 30), su todo. Y un día también él seguirá a Jesús por las mismas huellas de san Esteban, derramando su sangre para testimoniar el Evangelio.